lunes, 2 de febrero de 2026

Besos de Hollywood



Electricidad, vértigo, atracción. 

Cuerpos que se recuestan en el aire.

Seres que son más lindos cuando se potencian en el encuentro con otro.

Una composición artística que dura un instante, o algunos segundos en el mejor de los casos. 

Como en las películas, como en las revistas. 

Como si el momento pudiera hacerse eterno. Como si el piso no fuese necesario para sostener la materia. 

Bocas que se deforman en un choque pasional, tan buscado como inesperado. 

Nadie puede planear un beso así, porque no tiene libreto. 

Solo se identifica cuando ocurre.

No son todos iguales. Los hay más viscerales o más sutiles, pero coinciden en su condición especial. Algunos mueven el corazón, otros las entrañas, otros la cabeza y otros todo junto. 

Depende mucho de lo que genere el partenaire.

Lo mejor siempre es protagonizarlos, pero ser espectador también tiene su gracia. Porque cuando lo vive alguien que lo merece, en el beso ajeno hay algo de regocijo. 

Como ese amigo y esa bella chica en una secuencia soñada, que solo queda registrada en la memoria. Tan genial y único que se parece al gol del Diego a los ingleses. 



Podrán seguir inventando todos los dispositivos de última generación que quieran, pero nunca lograrán imitar la sensación. 

La memoria humana no se compra. 

Y el recuerdo de ese suspiro posterior a un beso a orillas del río estará siempre ahí. 

Hay algo cinematográfico, una veta actoral, que casi nunca los protagonistas reconocen. 

Ahí está la magia. Los mejores besos son aquellos de los que no hay más registro. 

No necesitan escenario ni luz que los ilumine, porque brillan solos.

Y no hace falta que los actores sean figuras del cine. 

Un beso de Hollywood es el amor puesto en escena para llenar por un rato el alma. 

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