Argentina es un tango.
Del abismo y la angustia a la mayor alegría.
Así es esta vida. Emocionante.
13 de enero de 2022
Entrevistar a Enzo Fernández debe ser de las cosas más importantes que hice en vida. Eso podría figurar en mi lápida cuando llegue el día del juicio final. Él todavía no era campeón del mundo. Tampoco sabía quién era yo. Por suerte para el país, lo primero fue lo que cambió.
"¿Es de Olé?"
Le preguntó al jefe de prensa de River, señalándome pero sin mirarme.
"No, de un medio de acá", le respondió.
Ni siquiera sabía el nombre del diario.
No importaba mucho tampoco.
"Soy Facu, gracias por tu tiempo".
La entrevista fue al aire libre, con las montañas de fondo y duró algo más de seis minutos.
Faltaban cuatro días para que él cumpliera 21 años.
Asomaba una sonrisa de varón, pero todavía no era la de Gardel.
Igual, ese perfume no hablaba español.
Además de que la nota no fue tan interesante como podría ser hoy, tampoco había tanto margen para indagar.
Lo relevante no era sacarle un título y armar kilombo, sino la interacción con un pibe que ya pintaba para estrella.
La crónica de ese día terminaba así: "Con sello propio, Enzo Fernández se hizo patrón del fútbol de River y su proyección parece no tener techo".
Ese plantelazo quedó afuera de la Libertadores en octavos con el Vélez del Cacique Medina y tanto él como Julián se fueron a Europa.
En noviembre y diciembre de ese mismo año, Enzo le metió el gol a México y fue pieza clave de la selección campeona del mundo con Julián.
La gente se sorprende por lo que hace adentro de la cancha o le envidian su linda familia.
Incluso metiendo uno de los goles más importantes de la historia como el bombazo contra Inglaterra, yo siempre pienso en el día que lo vi.
Otros dicen que que es lindo y juega bien. Y eso que no conocen el perfume de Gardel.
Gracias Enzo. Por haber evitado el dolor.
Por haberme dedicado tiempo sin saber quien era y por haberme recordado para qué vine al mundo. Dos veces.




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